Una noche fría como la mierda la de anoche. Volvíamos al MAB luego de una seguidilla de partidos nefastos, con la aliciente de haber perdido el cuarto clásico consecutivo con Central. El rival de turno fue Temperley, un equipo digno del Argentino C pero que gracias a las dádivas siempre tan generosas de los directivos de la AFA, ascendió a la Primera División.
El ambiente no era el mejor. Desde el vamos se respiraba una sensación de que no importaba el resultado, el equipo le había fallado a su hinchada en el partido más importante del campeonato: el clásico. Es decir, podíamos ganar quince a cero pero estaba el fantasma de que lo jugadores habían traicionado el corazón de los hinchas en el momento en que más se pedía entrega, sacrificio y resultado.
La cancha se fue llenando muy de a poco. Fui, como de costumbre, una hora antes. En comparación con la cantidad de aficionados que hubo contra Central, el MAB estaba a un ochenta y cinco por ciento de su capacidad. De a poco las gradas fueron llenándose, con afligidos hinchas que esperábamos que Bernardi de una vez por todas le haya encontrado la vuelta al equipo.
Éste había sacado a última hora al peor arquero que yo he visto en mi joven vida en el arco de Newells, Oscar Ustari. Un arquero sin manos, flojo de reflejos, dubitativo y sin carácter, encargado -¡vaya uno a saber por qué!- de hacer las arengas finales a sus compañeros antes de comenzar el partido.
En fin... los jugadores nuestros salieron a la cancha y la hinchada, nosotros, como siempre los recibimos con los vítores acostumbrados. Sin embargo, desde la tribuna del Palomar -en que su servidor se ubica- había colgado una bandera que rezaba: "La camiseta se tiene que traspirar...". No podía estar más de acuerdo. Si hay algo que les faltó a los jugadores en los últimos partidos -por no decir en los últimos campeonatos- es entrega, sacrificio, corazón o sangre. Es que, podés perder pero no no poner actitud. Una leve y resonante canción comenzó a colmar las gradas: "Nosotros alentamos y ustedes no cagaron". También -esto a poco de comenzar la segunda etapa- le colocaron a Bernardi en la platea oficial, a poco atrás del banco de suplentes, una bandera que decía "La soberbia fracasó", todo un símbolo del sentir del hincha con respecto a un tipo que nunca en su vida, desde que tengo uso de razón, tuvo autocrítica, creyéndose de verdad eso de que el era Newells. No obstante, lo jugadores, imperturbables, se sacaron sus fotos, miraron a la hinchada y saludaron. Me pregunto, ¿que habrá pasado por su cabeza? ¿Habrán sentido vergüenza? ¿Les habrá chupado un huevo?...
El partido en sí mismo no dejó absolutamente nada positivo. Bueno, puede serlo el hecho de que el arquerito Unsain haya respondido bien en la única aproximación que arremetió el equipo de Temperley.
Sin embargo, el resto es todo negativo. Empecemos la disección. La zaga central conformada por Cáceres y López son dos cavernícolas, desordenado y siempre a punto de perderla, el primero, y extremadamente lento el segundo. Los rivales saben que deben cederles espacios para que coloquen el hermoso -es ironía- pase por arriba para que Scocco la pierda con el defensor. Una belleza, nene! Los chicos que conforman los laterales, Escobar y Baez, tienen los vicios propios de su falta de experiencia, por lo que no quiero ser severo con ellos; desordenados y condenados a repetir el karma de la era posMartino: el puto pase atrás de defensores a arquero y de éste al defensor, la epítome del fútbol sin arcos. Villalba, el cinco del equipo, es sinceramente un lastre innecesario. Inconcebible que en años de inferiores no hayamos podido sacar un cinco como la gente y tengamos que recurrir a este muchacho que no sabe -literalmente lo digo!- que a los de rojo y negro hay que darles la pelota, y no a los contrarios. Además de tener esa puta costumbre de enlentecer las jugadas, devolviendo la pelota al arquero o haciendo cambios de frente increíbles para un jugador de élite.
Maxi, lamentablemente más cerca del retiro que de ser un jugador profesional. Lento, dubitativo, innecesariamente encarador, ocasiona que las pocas chances de meter un gol queden en aproximaciones y pases intrascendentes a los costados del área rival. Para colmo el DT no se atreve a sentarlo en el banco y decirle: "Flaco, no estás para 90 minutos...", lo que ocasiona que muchos de nosotros los lamentemos por su nivel y recodásemos la bellé epoqué del 2013, cuando, junto con Sccoco, fue fundamental.
Y finalmente, Tonso. Yo siempre digo que Tonsito es el ejemplo de que el fútbol es el deporte más generoso de la tierra: un chico que debe tener muchas aptitudes para jugar con amigos, encarador, rapidito pero que a la hora de demostrar lo que vale se queda en NADA! Se resbala continuamente, erra pases increíbles, comete faltas infantiles y no sabe pegarle al arco. Un tipo que tiene más de 100 partidos en Primera, que siempre jugó en Newells pero que nunca pero nunca rindió bien. Un rara avis o -esto es lo que yo creo- un muchacho con contactos y representante excelso.
La sensación que me dejó el cero a cero de ayer fue de bronca y decepción. No esperaba una goleada y creo que tampoco la quería, como muchos. Deseaba -y aún lo hago- verle otro tipo de actitud a muchos de los que se ponen esa gloriosa camiseta, porque es como les digo: no está el problema en perder sino en el cómo se pierde.
Discúlpenme pero a mi los toques cerca de nuestro arquero, intrascendentes y que no generan nada, no me gustan. No soy, no fui y no seré apologista de un fútbol sin arcos...